Cuando los cuerpos no pueden ser vistos, deben ser mostrados

En 1999, Gérard Wajcman escribía en “‘Saint Paul´ Godard contre ´Moïse´ Lanzmann, le match” una frase que me marcó profundamente: Lo que no puede ser visto, debe ser mostrado. Aunque sólo sea a través de la huella de la carne obscena (ob- scenae), irrepresentable en nuestro sistema visual hegemónico, debe ser mostrado al ojo imperativo de nuestras ciegas democracias-simulacro. Aquella sentencia, referida a la carencia de representación de los horrores del holocausto, ha tomado tintes terribles y racistas en Europa y en otros distintos lugares desde hace varias décadas, especialmente en la abismal diferencia que existe entre los sujetos de ciudadanía y aquellos que no lo son, aquellos que Frantz Fanon situaría en la “línea del no-ser”. No todos los cuerpos tienen el mismo valor en nuestro sistema-mundo, no todos son territorios de lo que en la “zona del ser” llamamos ciudadanía. Las políticas de frontera (ya sea ésta el límite sur del Mediterráneo o la línea que separa México de EE.UU. -por poner algunos ejemplos-) dirimen hoy la supervivencia de sujetos a los que hemos sustraído su dimensión humana plena, en una suerte de violencia estructural naturalizada tan asesina como las guerras. La “solución final” se ha instalado en nuestro mundo, agazapada en la connivencia de nuestra desidia con las antidemocráticas organizaciones supranacionales y el capital global: el resultado son los genocidios migratorios de EE. UU., de la Fortaleza Europa y de otros, o sus homicidas intereses geopolíticos. El resultado es, lo que en 2003 el camerunés Achille Mbembe llamó “necropolítica”, perfecta definición del nuevo escenario abierto con la extensión de la colonialidad contemporánea, el momento más allá de la legislación de la vida, el tiempo del gobierno de la muerte. Finisterre (Galicia), agosto 2015.

María Ruido

Curadora. España


La carne de nuestra misma memoria colectiva e identitaria y nos interroga

No sé qué hizo que sólo yo sobreviviera cuando la embarcación se destrozó contra las rocas y las personas desesperadas que estaban abajo en la oscuridad empujaban y arañaban para subir y salir de allí. Pero sé que ese puente que todos creímos ver cuando estábamos en la playa en el extremo norte de África, el continente del que huíamos y al que ya llorábamos, ese puente va a ser construido. Porque la montaña que formarán los cuerpos comprimidos en el fondo del mar será tan alta en algún momento que la cima va a surgir del agua como un país nuevo, y el puente de cráneos y costillas golpeará esa pasarela que ningún vigilante, ningún perro, ningún marinero borracho, ningún traficante de personas va a poder arrancar. Entonces cesará esta locura cruel, donde multitudes inquietas son obligadas a bajar a túneles subterráneos para convertirse en cavernícolas de la actualidad (…) Yo sobreviví (…) tal vez me esconda. Pero creo que soy más fuerte que esa luz gris que quiere hacerme invisible. Existo a pesar de que no tengo derecho a hacerlo, soy visible aunque viva en la oscuridad.” (Relato de ‘Tea-Bag’ de Henning Mankell). Cuando en 1993 Judith Butler publicaba su libro, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, las rutas migratorias transitaban cicatrices fronterizas muy parecidas a las que actualmente conocemos y reconocemos en los medios masivos de comunicación. Aquellos de ayer y de hoy son los mismos cuerpos que, infatigablemente, se ponen a prueba mientras ponen a prueba su valor cruzando tierras y mares iluminados por una promesa ajena. Persiste entonces la pregunta, viva, aquella misma que planteaba Butler: en la corrida constante hacia la producción y el consumo de los nortes del mundo y en la relativa capitalización de los recursos naturales ¿cuáles y cómo son los cuerpos que no im-portan? Donde el aparecimiento del guión no es sólo un capricho estilístico, sino el recurso tipográfico que interroga, con su fuerza disruptiva e icónica, la carne de nuestra misma memoria colectiva e identitaria y nos interroga: ¿Cuánto vale el cuerpo de quiénes migran? ¿Cuánto vale el cuerpo de quienes portan sus identidades de una frontera a otra?


Florencia Mazzadi

Directora CineMigrante


Cristina Voto

Programadora CineMigrante



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