El cine como defensa de clase

Hay un vicio compartido en muchos de aquellos autores que eligen representar la marginalidad y la pobreza en el cine, es el vicio de la acción. Contar ese mundo con una narrativa exacerbada, una furia constante, todo se presenta como monumental, como súper, raro, desconocido, mitologizado, banalizado, vulgarizado, etc. Poco importa si el campo desde donde surgen dichas películas es el independiente o el industrial. La tendencia morbosa, y reaccionaria se copia y se repite hasta en lo diferente, la mirada y “la defensa de clase se manifiesta hasta inconscientemente” como decía Umberto Bárbaro. Las películas por más independientes y artesanales que sean también deben cuidarse para no caer bajo la tentación del vouyerismo antropológico. Crear es tener un problema, decía Deleuze, la pobreza y la violencia que desencadena, el dolor cotidiano al que no pueden escapar millones suele ser trabajada con poca prudencia y excesiva diégesis por los cineastas. La estadística ética de este arte es obscena. Los pobres no es que son excluidos y están ausentes del cine, están incluidos pero como un signo creado en el pensamiento que firma y filma otro de otra clase, están presentes solo delante de las pantallas y casi nunca detrás. Aparecen, pero como el símbolo de las proyecciones más perversas de los “verdaderos artistas”, que vaya casualidad muy pocos de ellos pertenecen a las clases más populares que representan. A causa de no tener poder concreto en la sociedad son utilizados como una excusa para experimentar por “los creativos”. Vale aclarar que esta deuda histórica no es propiedad del cine sino de todo arte en general. El concepto de lucha de clases sonará a viejo y arcaico para muchos oídos, pero para los del cine son palabras más vírgenes que vigentes, de esa lucha todavía no hemos visto ni escaramuzas. No alcanza con ceder la cámara, hoy el “capital simbólico” es igual de importante que el económico, es necesario repartir los secretos de la forma, de destruir las logias y las sectas de la estética, allí a donde los pobres solo van a pasar la escoba.


César González

Director. Curador Sección Central ‘Las vidas negras importan. La construcción de la villeritud’.


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Hay películas que nos incomodan, al verlas y al hacerlas. Nos incomodan porque descubrimos en ellas un espacio de tensión entre la realidad y su representación. Son películas que corren un poco el límite de la ilusión de realidad para construir realidad, para atravesar el límite de la ficción, de la pantalla, de la sala.
Son películas que buscan conectarnos con cosas que pasan, que están pasando, alrededor nuestro pero que si no fuese por el cine no nos detendríamos a ver. Son películas que nos invitan a ver y a escuchar esas cosas que pasan mientras que vemos la película y que por eso nos incomodan. Tanto como deberían incomodarnos esas cosas que pasan.
El cine puede atravesar esos límites porque tiene la condición de crear con los mismos signos de la realidad. El cine puede atravesar esos límites porque está hecho por personas y porque es visto por personas, y en ese encuentro con el otro está la posibilidad de incomodarnos, de pensarnos, de transformarnos. Denunciar a través de las imágenes y los sonidos el espanto de este mundo para construir juntos otro mundo posible.
Hay películas que nos encierran y hay películas que nos liberan. Hay películas que nos hacen doler pero con ese dolor nos invitan a conocer el dolor del otro, esas son las películas que nos liberan, las que duelen, las que no se borran, ni se encierran, nunca más.


Andrea Testa

Directora. Curadora Sección Central ‘Las vidas negras importan. La construcción de la villeritud’



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